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María Olga Fernández: Grandma

María Olga Fernández: Grandma

Abuela y Nieto, de Miguel Ángel García López

A mi abuela le decían Peggy, pero su nombre era Margaret. Para mí siempre se llamó Grandma. Era alta y fuerte, de pelo rubio y con ojos verdes. Todos dicen que heredé el color de sus ojos y el de su piel.  Me gusta parecerme a ella, pero no quiero sufrir con el sol porque se ponía roja y le ardía la cara. Voy a ser más alto que ella cuando termine el colegio, dice papá. Aunque nací en este país, muchos creen que soy de Inglaterra como ella.

 

Ella me contó que vino a Guatemala cuando tenía veinte años. Que trabajaba con unos embajadores que vinieron acá porque era la institutriz de los hijos. Algo así como ser una nana que les enseña muchas cosas a los niños, desde bañarse hasta a tocar el piano, me explicó.  Dos años después conoció al abuelo y se casaron. Papá y el tío Max nacieron después.

 

Mamá siempre reía porque Grandma hablaba diferente. Es que ella nunca pudo aprender español. Al muchacho que reparaba los balcones de su casa, el que usaba una soldadora que sacaba chispas, le decía Guerrillero. Eso le daba risa a mamá porque él es un herrero, me decía. Yo sí entendía como hablaba porque Grandma me enseñó inglés.

 

Vivía a la vecindad de nosotros. Por las tardes siempre iba a su casa para que me ayudara con las tareas, y al terminarlas me dejaba jugar con los juguetes que guardaba dentro de una caja muy grande. También me servía té con leche y azúcar y me daba galletas o scones. Cuando mis padres peleaban, corría asustado hacia su casa. Llegaba a la puerta de vidrio y la veía sentada frente a la televisión. Ella me abría la puerta y me abrazaba, sabía que estaba triste. La sigo queriendo mucho porque siempre me protegía.

 

Grandma le ponía apodos a todos. A mi abuelito le decía Monkey, creo que era porque era bajo y tenía muchos pelos en los brazos, y al jardinero le decía Mercurocromo, el nombre de una medicina, creo. Mamá y papá me dijeron que él no se llama así sino Maclovio, pero a mí siempre me gustó más cómo le decía ella, me encantaba que le gritara Mercuriocromo cuando lo llamaba. A mamá la llamaba Mona porque es bonita. Ella se llama Mónica, pero como es un nombre feo y complicado, ella prefería usar ese.

 

A veces Grandma se enojaba con Mercurocromo. No ser tan tonto, le decía.  Otras veces lo regañaba, como aquella vez cuando también nos castigó a mi hermano y a mí. Solo queríamos jugar de indios y vaqueros, le dije, él solo nos prestó su sombrero. Ella enfurecida salió al jardín gritando: Quitarse esa cochinada de la cabeza, is disgusting. Luego le dijo a él: Don´t be estupid, no dar eso a mis nietos. Después nos tomó del brazo y nos jaló hacia la casa y nos dijo: No volver a poner esa porquería en la cabeza, no ver que esa gente tener piojos. No entendimos qué era eso de los piojos.

 

Ella después nos explicó que eran unos horribles bugs que se prendían al pelo.  Pero el sombrero no tenía ni una hormiga, le dije, y no me creyó. Nos dijo que los muchachos que trabajan en su casa no se bañaban, que olían feo y que por eso en su ropa y en su pelo tenían muchos animales. Nos ofreció comprarnos unos sombreros para que nunca volviéramos a pedírselo a Mercurocromo.

 

Me sentí muy triste cuando mamá me prohibió subirme al carro de Grandma.  Dijo que manejaba como una loca. Le rogué que me dejara ir, pero ella me dijo: ¿No ves lo que pasó con Maclovio?, no quiero que corras peligro.

 

Un día acompañé a Grandma a recoger unos tablones al aserradero. Es que estaba ampliando su casa y nos iba a hacer un cuarto de juegos porque nos quería mucho.  Entonces temprano por la mañana fui con ella en su picop, también iba Mercurocromo porque tenía que cargar la madera. Grandma le ordenó que se fuera en la palangana. A mí me dijo que su olor era disgusting y que por eso no podía venir adelante con nosotros.

 

Recogimos la madera y cuando veníamos de regreso Grandma no vio el semáforo y tuvo que frenar muy duro para no chocar al carro de adelante. Entonces fue cuando Maclovio voló por el aire junto con las tablas y quedó tirado en la calle. ¡Pobre Mercurocromo! Me asusté porque creí que estaba muerto. Mi abuela le decía que se levantara, pero parecía no escucharla, apenas movía la cabeza de un lado al otro.  Entonces escuchamos una sirena. Era una ambulancia. Bajaron unos bomberos con un casco rojo en la cabeza y tocaron a Mercurocromo, después lo subieron a una camilla. Grandma gritaba: No ser marica, bajarte de ahí y venir.

 

Maclovio se rompió una pierna y no llegó a trabajar durante un mes. Cuando volví a verlo me puse contento porque era el mejor jardinero del mundo. Siempre cortaba la grama para que mi hermano y yo pudiéramos jugar fut, además sembraba las flores que a mi abuela le gustaban. Conseguía bulbos y semillas para que ella estuviera feliz al ver su jardín lleno de colores.

 

Un día Grandma se enfermó. Como siempre, todas las tardes corría a su casa para verla y tomar el té con ella, pero no pudo ayudarme con mis tareas. Estaba tirada sobre la cama, con su piel más blanca y los ojos cerrados, parecía muy cansada. Todos los días llegué a su casa y ella seguía sin levantarse. Me di cuenta de que su pelo se había vuelto blanco y me asusté. Le rogué que se pusiera bien, que por su culpa iba a sacar malas calificaciones y papá me iba a castigar.

Ocaso, de José Luis Ceña

Mercurocromo le ponía flores en la ventana de su dormitorio para que se curara pronto. Unas semanas después, papá me dijo que ya no podía ir a verla. Murió, dijo.  Corrí a la sala y me escondí debajo del sillón. Lloré mucho. No quería que papá me viera triste porque me hubiera dicho que era un marica. Al día siguiente mamá nos explicó que no la veríamos más, que se había ido para siempre y me abrazó.

 

Vendieron su casa. Con mi hermano siempre queríamos ir a su jardín, pero ya no podíamos. Algunas veces lloramos juntos por ella, por no tomar té ni comer scones.  Ahora viene una maestra a ayudarme con las tareas porque papá no quiere que sea un tonto como Mercurocromo.

 

Hoy fuimos con mi hermano a la tienda de la esquina. Afuera de la casa de Grandma que ya no era de ella, subido en un árbol, estaba Mercurocromo. Como una estatua miraba hacia el jardín. Me sentí contento al verlo y le pregunté si había venido a visitarnos. Entonces me dijo: Ay nene, es que hoy es el día de difuntos, su abuelita estará caminando por su jardín. Me preguntará por qué no está tan lindo y tengo que darle una explicación porque le prometí cuidarlo siempre. Entonces nos pusimos felices y le pedimos que nos ayudara a subir al árbol para verla.

 

María Olga Fernández nació en Guatemala en 1958.  Realizó estudios de psicología en la Universidad Rafael Landívar. Durante cinco años fue miembro del taller de Raúl de la Horra. Participó en los talleres de Bolívar Hernández y Víctor Muñoz.  Asiste actualmente al de Gloria Hernández y Luis Aceituno. Sus cuentos han sido publicados en las revistas elAcordeón de elPeriódico, Códice del Centro PEN Guatemala y en la revista virtual SOY 502.  En marzo de 2013 ganó el primer lugar, en la cate­goría de cuento, del Primer Premio Nacional de Literatura para Nue­vos Escritores, convocado por la Tipografía Nacional y el Diario de Centro América.  Como parte del premio su libro de cuentos, Juego de ni­ñas, fue publicado en 2015 por la Tipografía Nacional.  Uno de sus cuentos fue selecciona­do y publicado en la antología Cuerpos: relatos eróticos escritos por mujeres, de F&G Editores.

Loszopilotes58495

Un pensamiento en “María Olga Fernández: Grandma

Víctor Muñoz.Escrito en  11:58 pm - Oct 4, 2017

Muchas gracias por el envío. Está muy bien escrito y lo disfruté muchísimo.

Una gran abrazo, Cuchi.

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