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Eduardo Villagrán: El que meta el último gol, gana

Eduardo Villagrán: El que meta el último gol, gana

En su clásico texto sobre psicología de género, [1] Vicky Helgeson revisó cientos de estudios y experimentos concluyendo que las únicas diferencias consistentes y significativas entre varones y mujeres, tomando en cuenta aspectos ambientales, familiares, culturales y sociales, eran una mayor propensión a la violencia y una mayor competitividad por parte de los varones. Estas no son grandes virtudes; y la experiencia empírica muestra que tienen base en la realidad. Las mujeres son competitivas cuando se trata de conseguir o conservar una pareja, avanzar en su carrera, conseguir el mejor precio para algo o quedarse con la blusa en la paca, pero los varones somos competitivos aun en las cosas más estúpidas. ¡De pequeños había concursos de ver quién orinaba más lejos!

 

Otra característica común a hombres y mujeres es formar bandas o tribus. Esto se da en los chimpancés y seguro también en el Comité Nobel, pasando por las logias, asociaciones y clubs. «Nosotros contra aquellos es un impulso atávico».  Un grupo de escritores siempre se considera el favorito de la diosa Literatura, en oposición a los que están fuera. Pasó en La rial academia y sigue pasando en los grupos de la actualidad; es algo natural.

 

También es natural que en cuanto puedan los chavitos busquen formas de desfogar sus propensiones a la violencia, a formar bandas y también a expresar su competitividad. Para ello el futbol ofrece ventajas que en su conjunto lo distinguen de cualquier deporte:

 

  1. Es flexible; se puede jugar dos contra dos, tres contra tres, cinco contra cinco y quince contra quince.
  2. Es barato; un molote de trapos sirve de pelota y dos piedras de portería.
  3. Se puede jugar en cualquier parte, desde el zaguán de la casa hasta el Maracaná o el Centenario de Montevideo.
  4. Tiene elementos aleatorios; al usarse los pies para manejar la pelota, el control no es cien por ciento efectivo y hasta el más tieso le puede quitar la bola al crack contrario. La interpretación de las reglas queda a criterio y ojo del árbitro; más aún en una chamusca callejera, donde la discusión se obvia con tal de seguir jugando.
  5. Es algo anárquico; un defensa puede adelantarse o un delantero retrasarse según las circunstancias y su propia inspiración; un portero puede correr al arco contrario a marcar un penal; si expulsan a uno o dos, pueden seguir jugando nueve o diez.
  6. No tiene limitaciones de tiempo ni de marcador; se puede jugar una chamusca albañilera a la hora de almuerzo o pasarse un sábado de las diez de la mañana a las dos de la tarde; también se puede quedar dos a uno o cuarenta y siete a veintidós.
  7. Es un deporte de contacto; la mayor propensión a la violencia de los varones suele expresarse trabando al contrario para que se vaya de trompa, haciéndole camita, dándole una patada en la espinilla o nada más empujándolo, jalándole de la camiseta o dándole un codazo sin que el árbitro o los cuates del equipo contrario lo vean.
  8. Tiene elementos de justicia social; si el equipo de los malos va perdiendo veinticuatro a tres, por ejemplo, alguien siempre puede gritar «¡el que meta el último gol, gana!» y darle la oportunidad a los que iban perdiendo de irse a tomar una agua o una cerveza empapados del sudor de la gloria efímera.

 

Por lo tanto, es natural que los patojos que no tienen mejor alternativa se metan a jugar futbol. En el mundo hay más chavos pobres que ricos y esto lo hace el deporte más popular del mundo. Estos patojos se vuelven adultos y por cualquier razón muchos siguen desfogando sus sentimientos de competitividad, tribalismo y agresión en forma vicaria haciéndose fanáticos del futbol; Comunicaciones – Municipal, Boca – River, Barça – Madrid son rivalidades deportivas que han contribuido a caldear los ánimos. Por solidaridad, empatía y hasta por nostalgia, muchas mujeres también les hacen ganas, o se vuelven fanáticas por derecho propio. Este fanatismo casi nunca le hace daño a nadie, excepto cuando se lleva a extremos.

 

Las mujeres también juegan, pero casi siempre es en el colegio o algún club y rara vez arman chamuscas espontáneas, aunque he oído de un grupo de chavas que juegan futbol callejero en la zona doce [2].

 

Hay cuates que de pequeños nunca jugaron porque:

 

  1. Tenían otros intereses en la vida; les fascinaba la música, los apasionaba la equitación, eran adictos a las motos, coleccionaban murciélagos en las grutas San Pedro Mártir o nada más vivían inmersos en sus propias ensoñaciones.
  2. No crecieron en un entorno adecuado porque se criaron encerrados en un condominio, finca o casa familiar, sin acceso a grupos de vecinos o amistades callejeras.
  3. No les daban permiso, no los dejaban salir a jugar fut para que no se ensuciaran, golpearan, arriesgaran, o nada más para que «no se juntaran con esa chusma».

 

Algunos que de pequeños nunca jugaron futbol se vuelven enemigos acérrimos del deporte. Echándole una ojeada a la lista arriba, sería natural que quienes tuvieron mejores intereses en la vida los siguieran teniendo y no les importaría si alguien es fanático del futbol o no y quizás hasta lo serían ellos mismos. Los principales enemigos del futbol estarían, entonces, entre los que no vivieron en un entorno adecuado y los que no les daban permiso.

 

Los más apasionados enemigos del futbol estarían entre los segundos porque los primeros se darían cuenta que no pudieron jugar por culpa de circunstancias comprensibles; el estatus socioeconómico de sus padres, problemas de seguridad, aspectos laborales y hasta enfermedades. Los segundos, por el contrario, sabrían que la causa de su privación deportiva es la paranoia, neurosis o clasismo de sus padres o tutores e incapaces de culparlos sin llenarse de culpa ellos también hacen propia la actitud de sus mayores y la proyectan, amplificada, sobre el futbol y sus fanáticos.

 

Entre los enemigos declarados del futbol estaba el admirado Jorge Luis Borges. Las siguientes fotografías de su infancia muestran que él pertenecía a la categoría de niños demasiado bien cuidados:

 

 

Vladímir Nabokov también fue un niño bastante acicalado, pero resultó ser un gran jugador de futbol y el portero de su equipo, mostrando que usar calcetas no por fuerza condiciona el gusto por el futbol:

 

 

Cada quien es libre de tener y conservar sus fanatismos, rencores y tirrias. Para promover la paz, sin embargo, quizá la forma de volver a los enemigos del futbol más comprensivos sería armar una gran chamusca entre ellos contra un igual número de simpatizantes del deporte. Se podría hacer en las canchas del Roosevelt o del Campo Marte y cuando ya nadie aguante, si los enemigos van perdiendo veintiuno a cuatro por ejemplo, siempre pueden gritar «¡el que meta el último gol, gana!» y tener la oportunidad de irse a tomar las cervezas con la sonrisa del triunfo en la boca.

 

[1] Helgeson, Vicki S., Psychology of Gender (Second Edition), (Upper Saddle River: Pearson – Prentice Hall, 2005), 681 páginas

[2] Helena Arriaza, comunicación personal, 2013.

 

Loszopilotes58495

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