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Poecrónica en las urbes –desde La Alhambra prometida y el ombligo de la luna hasta La morada de Bernal–, de Manuel Murrieta Saldívar

Poecrónica en las urbes –desde La Alhambra prometida y el ombligo de la luna hasta La morada de Bernal–, de Manuel Murrieta Saldívar

Con este poemario damos un paso más allá de su horizonte trazado, pues el azar provoca que con las directrices actuales publique a su primer autor internacional con este interesante libro que experimenta nuevas tendencias poéticas entre la mezcla del aliento meramente poético con el trajín trashumante de la crónica:

«Leí el texto alrededor de unas cinco veces en medio de tareas de edición y maquetación y, ahora, para escribir estas palabras en donde debo plasmar, creo, unas cuantas impresiones para identificar este grupo de versos que tenemos frente a nosotros desafiándonos hacia una lectura y un pronto entendimiento de lo que estamos leyendo y procesando al instante.

Pues bien, lo primero que a cualquier mortal se le viene a la cabeza al tener conciencia del título que aquí abordamos se haría la pregunta retórica de qué diablos es una poecrónica. ¿Qué quiere decir, a qué se refiere, cuál será su verdadera razón de existir? Como dice el verso del poema, estamos en el predicamento «al verse cuestionada la simple razón de su existir». Entonces me detengo y reflexiono una vez más y me doy cuenta, me percato del verdadero impacto del suceso en el que estoy metido, veo sinceramente, con el corazón en la mano y los ojos concentrados, el escenario al que me condujeron las circunstancias, la casualidad, ese coincidir profundo y variable e inquebrantable que nos mueve de un lado para otro sin que nos pregunte nada a la vuelta de la esquina y exclamo dentro de mí, ya que estoy en un lugar público: este conjunto de poecrónicas cinceladas por Manuel Murrieta Saldívar son algo único, especial e interesantísimo. Pero verdaderamente aún no estoy seguro en qué consisten, solo sé que son especiales… (La casualidad irreverente que choca insensiblemente con la rutina que nos desfallece el acaecer diario para salvarnos del gran agujero o para hundirnos aún más en él).

Me detengo nuevamente a considerar lo que llevo escrito y supongo que una poecrónica es, como fácilmente me lo puede decir la lógica deductiva de los sucesos recientes: la simbiosis extraña y atrevida de una crónica y un poema, cómo no… Entonces abro los ojos sorprendido y veo, más allá de la suposición, puesto que estoy/estamos presentes frente a un nuevo subgénero literario híbrido que proviene de la lírica, obviamente, y toca los estambres eléctricos de la épica, a lo Bernal Díaz del Castillo, a quien el poecronista Murrieta desempolvara aquí, en Antigua Guatemala, como me lo contó y surgiera ¿la crónica, la poesía? titulada LA MORADA DE BERNAL.  Y, por supuesto, aquí también andamos en los linderos de la epopeya y el mito del eterno retorno que, querámoslo o no, está presente en nuestras vidas hasta el fin de nuestros días pasados, presentes y futuros.

La poecrónica de Murrieta habla del viaje, lo entiende y lo envuelve en sus brazos elásticos queriendo aprehender las experiencias últimas e intrínsecas del andar continuo, constante. Ese viaje que entiende y envuelve lo sintetiza narrativamente en el acontecer momentáneo y eterno y, además, lo condensa en el verso perenne, inmortal e inmarcesible». C. B. C.

Muestra poética

 

La morada de Bernal

 

[Antigua, Guatemala]

Para Esperanza, Hansen y Eynard

 

I

Entre la plaza que el volcán me anuncia

van mis pasos como un vector de luz

en busca de la historia que me niegan

pero que ahora brota en cada huella

que impregno en la calzada y en los empedrados…

 

Voy en un silencio anónimo cuidando almacenar visiones

aunque nadie pose sus ojos sobre mí

porque me creen nativo

o porque marcho veloz devorando cada signo,

cada placa, cada arco del palacio

o columnas derruidas por un temblor

que nunca perdonó a las catedrales.

 

No importa el riesgo de las curvas

que devora un colorido autobús para arrojarme ingenuo

a este vendaval de ruinas y reliquias,

tampoco el pesar de los insomnios,

la comodidad de las habitaciones

o la pereza del mundo,

no, he de ir a la fuente, a extasiarme en jade,

a platicar con los nahuales y artesanos

y experimentar  cosmos precolombinos

que hacen revolotear el corazón, no solo mío,

sino también el de un triste novelista

o el de turistas de otros continentes

que se impactan aquí

al verse cuestionada la simple razón de su existir.

 

II

Ahora estoy coronado por cúpulas sin techo,

recibiendo astillas de rayos solares

más puros y más altos que algún dios,

halos que atraviesan portales, ventanas de hoteluchos,

rendijas de algún bar y restos de murallas

que cobijaron al primer cronista,

o al terrible capitán, el que asoló pirámides,

aniquiló a un fragmento de mi pueblo

y que vigila aún amenazante desde su óleo colonial,

al tiempo que yo deseo empuñar su espada

paralizada, al fin, en esta vitrina de museo…

 

Sí, te estoy hablando a ti, don Pedro de Alvarado,

extensión de Cortés, continuador de  matanzas,

las primeras de un largo genocidio

que llega hasta los patios de este Ayuntamiento,

a ti, Alvarado, a quien descubro ahora

acompañado de mi etnia que, después de todo,

supo superarse y trascender

porque ahora se conserva pura y más edificante

que los chorros de sangre que iniciaste…

 

Pero además te hablo a ti, Bernal, maestro de cronistas,

admirable por haber descrito el origen de mi perfil racial,

y por eso me brota iniciativa

para esculcar la piedra de tu muerte,

tu mesa de escriba,

tu caserón de gran soldado imperialista

donde escribiste relatorías pasmosas,

como la de la insuperable Tenochtitlán

que te cedió la gloria, Díaz del Castillo,

para luego saquearla e imponer tu idioma…

 

Vine, pues, a dar también las gracias

y abrazar tu busto como colega del oficio

en esta sala solitaria, recóndita, hecha como para mí,

donde te conservan y eternizan

tu proeza de letras castellanas

y las de tus soldados hechos crónica…

 

III

Porque no fue en París, tampoco en Nueva York,

sino aquí, Antigua Guatemala,

donde la sangre y el cerebro se cimbraron saciando [identidad,

la nuestra, la pesada, la no light,

la que recorro y recojo a raudales

en menos de dos cuadras sin fortificaciones,

donde bebo jugos de naranja más natural que un Tropicana,

descubro la imprenta primigenia y el libro artesanal

que no aparece en las listas del Amazon.com

y me visto de colores,

ropajes que escapan de manos imaginativas

y que atraviesan el aire del poblado

sin el sofoco de alguna pasarela de Milán…

 

O me agito en tus galerías del barroco

con la Guadalupana que me cuida

a pesar de mis olvidos o la total indiferencia,

al frente de volcanes de silencio apocalíptico

cobijados por nublados inocentes

mientras abajo, en callejones diurnos y nocturnos,

un niño se aferra a la vida

mercadeando golosinas y cigarrillos sueltos

o despierta la alegría de la madre al lograrse

una venta aunque sea en mínimos quetzales…

  

IV

Sí, es verdad, estoy como estaría un bendecido,

no solo por el cielo que cae en mi cabeza

y atraviesa iglesias huecas, haciendas sin paredes,

sino también por ese olor natural de cacao y café

que elegante baja sobre lavas frescas

o desde tierras fértiles de indígenas,

arropa mi rostro, me envuelve y acurruca

como si recibiera un primer soplo de vida o de conciencia matutina…

 

Estoy como sin sueño pero a la vez

envuelto de una realidad embriagadora,

la que hace vibrar mi cuerpo de mestizo

porque mi piel, y las de ellos,

son de un color de hermanos olvidados,

porque con naturalidad disfruto del maíz,

de un plato de pepián casero

que excita las pupilas de manera más brutal —supongo—

que una dosis de metanfetamina.

 

Estoy así como la hembra

que sufre un parto que se le vino encima en solo unos minutos

y se queda pasmada, igual que yo,

con todo el peso

y fruto de este viaje, de este renacer,

que se ha gestado, no en meses

ni en las centurias de la América híbrida,

sino en miles de siglos,

esos que los mayas supieron calcular

sin requerir  jamás de nuestra incómoda presencia

aquí, en esta exuberante Quauhtlemallan…

 

 

¿Quién es Manuel Murrieta Saldívar?

 

(Ciudad Obregón, Sonora, México), doctor y maestría en Letras Hispanoamericanas por Arizona State University-Tempe y Licenciado en Letras Hispanas por la Universidad de Sonora-Hermosillo. Ha sido periodista, escritor, editor y académico en Sonora, México; Arizona y California. Premio estatal de periodismo en Sonora por  Crónica en prensa y ganador en tres ocasiones del Concurso del Libro Sonorense. Su obra periodística, cronística, académi­ca, de poesía y narrativa incluyen México, Estados Unidos, Europa, Centro y Sudamérica en obras como: Mi letra no es en inglés; De viaje en Mexamérica; Gringos a la vista; Háblame a tu regreso; La grandeza del azar: eurocrónicas desde París; La gravedad de la distancia: historias de otra Norteamérica. Alejados del instinto; Poecrónica en las urbes que es su segundo poemario y su primera obra en edición artesanal.  Fue nombrado «Educador del año 2014» por la Association of Mexican American Educators-North Central Va­lley Chapter de California. Actualmente reside en Modesto,California, Estados Unidos y es Profesor Asociado de Literatura y Cultura Chicana, Mexicana y Latinoamericana y de Español para nativo-hablantes en California State University, campus Stanislaus. Es fundador y editor general de la Editorial Orbis Press (www.orbispress.com) y de la publicación electrónica www.Culturadoor.com.

 

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