• +502 5578 9042
  • info@proyectoloszopilotes.com

Apuntes a la batalla sucedida (la sinventura de otras dimensiones), de Eynard W. de Conqueabur

Apuntes a la batalla sucedida (la sinventura de otras dimensiones), de Eynard W. de Conqueabur

 

Segundo título de poesía publicado:

 

«Poco a poco, ¿un tanto veloz?, E. se aproxima a escribir esa clase de poemas ante los cuales todo cuanto no es poesía debe guardar silencio. Poemas para los que el mundo no es más que el balbuceo de un idiota, poemas que semejan y fecundan ese balbuceo. Pero tal vez ningún poeta ha alcanzado nunca el escribir poemas así. Todos los poemas, hasta los más hermosos y perfectos, están hundidos en el fango de haber sido creados por una mano humana. El peor error de todos los poemas es sacar la cabeza y ver la luz. Esa luz que los arrebata, manosea, pisa y devuelve a las tinieblas. Como a los humanos, más les valdría no haber nacido. Y, mientras tanto, nacer es una devastación, y leer poemas es hacer más cruel la tarea de finiquitar una situación incómoda y temible, nado de hierro hacia un final deseado que corresponde esquivar para guardar apariencias en que se descree.

 

Por eso la mayor belleza es la aproximación, la tentativa. El imposible milagro de la Torre de Babel se convirtió en vicio en el momento en que los constructores valuaron el cielo. Los poetas, en cambio, son esos insectos del fracaso que se conforman con cantarle a los ladrillos y a la arena, edificando de día, derrumbando de noche. Pues si bien suele pensarse que la rebelión consiste en desafiar el cielo (en ello solamente consiste la estupidez), los auténticos rebeldes son aquellos que miran hacia la tierra. Al profundo abismo común destino de los seres. E. parece aproximarse a esta tentativa. Comienza a escribir como quien sabe que los ladrillos que coloca serán devorados por un tigre: es el mar, / es el suelo que pisamos, / el horizonte que va más allá de nuestras manos, / de nuestros ojos encandilados / por la soledad y el aburrimiento (…). Poco a poco, E. trata de desaparecer y comienza a conseguirlo. Tal vez también encontró ya la brújula necesaria para desligarse de sus propios poemas, de tal manera que estos marchen independientes, dejándolo tirado a él en el fondo de un barranco oscuro. Los poemas hacen eso, son homicidas horrorosos como algunos niños; marchitan a su hechicero, lo denuncian, y ese foso donde lo abandonan no es sino la esfera mágica de las palabras a las que, una vez escritas, el poeta no volverá jamás, como al río. Si no, probablemente E. está en ese islote abarrotado de estragos teóricos (porque la cacofonía es un vicio incluso para Shakespeare) en que su conciencia todavía no resiste abandonar más palabras. Todos los poetas tienen en algún momento ese temor; el de saberse cigarras desmedidas que, para justificar su incontinencia, hacen más bulla. Pero, con anotarlo, logran también un justo volumen de sencillez que no puede sino ser grato: (…) el día caliente es bello / y la noche fría nos quiere arropar / con fina determinación de relojes / que no detienen su curso (…). Y de pronto la vuelta a la sencillez, apurada entre vanas interrogaciones pero siempre lícita, para rescatarlo del barranco y ponerlo de nuevo en la ruta del naufragio, en búsqueda de otros vestigios de palabras para volverlos a poblar de estremecimiento hasta que llegue la hora de una nueva bofetada, pues escribir es una revancha rota.

 

La araña equilibrista / que escinde el tiempo y el espacio únicamente es el amor, otro retorno, última ruina no imposible para las almas. Pasan los años y sigue insistiendo, con rencor y remordimiento de araña neófita, con coraje de nube, con las garras y con la sangre, el amor agua sagital que en todo momento empuja a E. a no cejar en su oficio de buscador y a decir tantas veces como sea necesario: el cielo se inundó y no me ahogué. Más poeta que nunca cuando así se confiesa, vencido y no ahogado, terco en su muerte persistente, enamorado de su conspiración descubierta, sabiendo que a la poesía, amor y luz y furia, solamente puede amársele como se quiere a un gigante indefenso, para quien todo es más poderoso, más luciente, más placentero, más rotundo, más inmediato pero no concentrarse no es válido, y aunque permanecer de pie sobre esta cornisa oscura sea en realidad una tormenta de fuego auténtico que ciega, aniquila y forja el corazón para estrellarlo». Sabastívonas.

 

 

Poema de la imaginación

 

Es el mar,

es el suelo que pisamos,

el horizonte que va más allá de nuestras manos,

de nuestros ojos encandilados

por la soledad y el aburrimiento,

es el infinito del universo,

las galaxias en plena conflagración

in situ por nuestros espíritus,

es el corazón siniestro de todos nuestros corazones,

algo así como del mundo en el que entristecemos,

algo así como del amor que brota

en los resquicios del desamor,

de la guerra, de la destrucción,

del alma poseída de pasión infiltrada por el sol y la luna,

es esa mengana que sos vos,

ese este fulano que soy yo:

es como nacer y/o como morir

atravesando la desventura de realidades

yuxtapuestas a toda la cara

con la que jugamos a ser seres humanos,

eso, simples y mortales seres humanos

que dejan atrás su sentimiento ininteligible

de inmortalidad, del olimpo consagrado,

de las tinieblas enfrentadas como avernos

disparatados por dioses encarnados de odio y venganza,

sin ese amor del que imploramos día a día,

sin un pequeño corazón

como para ritos sagrados y absurdos,

como para volar alrededor de los planetas

y las estrellas que nos encuentran

en juegos de escondite en el azar sinuoso de tu cuerpo.

En fin, tenemos vacas pastando, caballos alados,

tiernos cerdos que nos comparten en la evolución,

gatos bajados de las inmediaciones divinas,

perros queriendo ser nuestros amigos,

el árbol majestuoso y eterno,

el aire que se nos avecina

para que vivamos en nosotros mismos,

el agua que se esparce

por todo lo que alcanzamos a ver,

la tortuga parsimoniosa hasta que la prisa la sorprende,

el elefante ceremonioso e impertérrito,

la sabiduría del tecolote,

la rata surcando los desfiladeros de la tierra,

la serpiente hablándonos al oído,

las palmeras ciñéndose en danzas de amor,

y así,

etcétera, etcétera y etcétera,

todo tan vasto, todo tan perpetuo, tan sempiterno,

y entre tanto recoveco no te me escapás,

no te me escaparás,

vos ahí, yo aquí,

mis manos queriendo alcanzarte,

mis dedos queriendo tocarte,

mi sangre bullendo con tu sangre que bulle al unísono,

marcando el ritmo del compás impostergable

de nuestras miradas puestas en el punto esencial.

En fin, un poco de esto y un poco de aquello…

 

 

Epílogo

 

La imperdurabilidad de las cosas,

el momento instantáneo

de esas pequeñas cosas, las otras, las infinitas

para encontrarse o, más bien, ir a buscar[se]

junto con nuestra alma y espíritu

porque somos cuerpos inertes,

quizás llenos o quizás vacíos.

El universo es inmenso,

nosotros mismos y nuestro alrededor,

ambos, todos,

vivimos a partir de la inmensidad:

el charco inmarcesible del mar,

la carpa negra y café,

tan entintada, tan escarpada y borrascosa

y tan rocosa y tan tierrosa de la tierra misma en

sus suspiros de aliento de piedra mojada.

La gran bóveda total y aleatoria

que se expande más allá del horizonte total,

de esa otraperpetuidad que aturde

estupefactamente al mundo,

al pequeño mortal en donde decimos presente.

Nosotros estamos en vos, somos todos:

ese conejo infatigable,

la serpiente que baja de las alturas, repito,

el gran jaguar colosal y eterno,

el sabio elefante caminante,

la rata y el ratón que driblan fácilmente la astucia,

el pájaro conocedor de las entrañas

de las alturas de nuestro mundo,

las cucarachas y los escarabajos

poseedores de mil existencias

y tan transformadores de sí mismos,

la araña equilibrista

que escinde el tiempo y el espacio.

Eso y el resto, los restos, somos nosotros:

una unidad.

Eso y nada más, siempre nada más

porque somos efímeros cuando nos esfumamos,

porque sí, porque no:

el vacío de la nada,

la nada del vacío

que a lo mismo nos lleva:

nos llevará como fuimos.

 

¿Quién es Eynard W. de Conqueabur?:

 

Antigua Guatemala (1990), un fulano más entre tantos miles de miles de millones en la faz de esta desazón en la que coincidimos, para bien o para mal. No como animales, porque son mis amigos, me gustan las bibliotecas y soy aficionado hasta la morgue del futbol.

Loszopilotes58495

Leave your message